miércoles, 12 de abril de 2017

Dos torpederos y un intruso escurridizo (1942)

Hoy vamos a rememorar un incidente acaecido en aguas del Golfo Nuevo hace ya 75 años, el cual fue mantenido en secreto en su momento, y apenas tuvo trascendencia décadas más tarde. No es que haya sido algo de otro mundo, pero sí es un incidente que alimenta esos rumores de los que ya escribí hace un tiempo (Inquietantes rumores en las costas patagónicas y Post scríptum: Inquietantes rumores sobre las costas patagónicas), sobre la presencia de submarinos extranjeros en aguas patagónicas durante la Segunda Guerra Mundial. En particular, me refiero a un incidente que tuvo como protagonista a los torpederos San Juan y Santa Cruz.

El torpedero San Juan, construido en los astilleros John Brown Shipbuilding (Escocia), se había incorporado a la Marina Argentina en marzo de 1938. Apenas cuatro años después le tocó lidiar con un escurridizo intruso en aguas de la Patagonia Argentina. Fuente: Histarmar.

La situación mundial a principios de 1942 era aún indefinida. La Segunda Guerra Mundial estaba en su punto medio y la suerte estaba cambiando de bando. La guerra submarina en todos los mares alcanzaba su punto álgido, y los lobos grises de Alemania hundían barcos a diestra y siniestra. De hecho, el año 1942 fue el año record en cuanto a tonelaje de buques hundidos. Si bien el teatro de operaciones involucraba tanto al Atlántico norte como al Caribe y el sur de África, algunos submarinos merodearon por las costas de Brasil e incluso un poquito más al sur. Sin embargo, aquí llegamos a una zona nebulosa, ya que no hay documentación (lo cual no quiere decir que no exista, o que ésta haya sido destruida) que acredite la presencia de submarinos alemanes en las costas argentinas. Por supuesto, estoy exceptuando a los dos U-bootes que se entregaron en Mar del Plata en 1945, y los avistajes de la costa bonaerense de la misma época. Pero aún así, quedan historias, relatos pueblerinos, que hablan de anónimos sumergibles merodeando las costas patagónicas.

jueves, 6 de abril de 2017

Algunas razones por las que el signo y las unidades son importantes

Evaluar el grado de conocimiento sobre un tema a partir de un examen, al estilo universitario, no es una tarea fácil. El examen en sí mismo no deja de ser una muestra, una foto instantánea de lo que tal o cual alumno pudo hacer en ese momento y en esas condiciones. Eso implica que puede haber alumnos buenos que tienen un mal día, y alumnos no tan buenos que ese día la pegan (de casualidad) a todas. Por supuesto que este efecto se ve atenuado cuando se incrementa la cantidad de muestras. Se puede aprobar un parcial de casualidad, pero muy difícilmente tres, y viceversa. A su vez, con los años he aprendido que cuando alguien no sabe de algo, se vuelve muy evidente. Luego de experimentar a ambos lados del mostrador, como estudiante de grado y postgrado, y luego como profesor, me di cuenta que cuando un alumno sabe, o no sabe, el tema en cuestión, ese conocimiento/desconocimiento se hace evidente hasta en las más pequeñas cosas. En mi época de alumno creía (y creíamos todos en general) que eramos super astutos y que podíamos disimular nuestro desconocimiento de diversas formas (esto último me consta que no siempre funcionaba, porque así fue como me despacharon categóricamente del final de "Conversión electromecánica de la energía", pero bueno, esa es otra historia teñida de cuestiones personales que alguna vez contaré). Pero en los años que llevo dando clases en la universidad, he podido darme cuenta que se evidencia muy fácil el manejo o no de un tema, y que uno se da cuenta cuando lo quieren pasar como alambre caído o cuando detrás de una explicación desastrosa hay un entendimiento claro que no pudo traducirse en palabras. ¿olfato? ¿poderes mentales? Qué se yo, pero la verdad es esa, se los aseguro.

Las infalibles reflexiones de Mafalda & cia. Fuente: Urbinavolant.

Una de las cosas con las que suelo machacar a mis alumnos es sobre la necesidad de hacer una autoevaluación. Paso a explicarme un poco más. En un examen, o durante una curso universitario, es fácil (lo cuál no es sinónimo de agradable): el alumno resuelve el ejercicio, el profesor evalúa, y punto. Pero en la vida real, esa que ocurre fuera de la Universidad o al terminar ésta (en el caso de las ingenierías la vida suele comenzar al terminar la carrera), las cosas no son tan fáciles. La evaluación la hará un empleador o un cliente, y el resultado puede ser bastante peor que un 2, puede ser una perdida del empleo o un negocio frustrado. Por eso es muy importante desarrollar un cierto criterio como para tener una idea, a grosso modo, de si lo que hicimos está bien. Es cierto, hay muchas cuestiones que solo las aprendemos con la práctica, que nos permiten intuir si un resultado es coherente con la situación planteada. Sin embargo, hay otros que no, que saltan a la vista casi agresivamente. Me refiero a los errores en los signos y en las magnitudes físicas.