lunes, 16 de mayo de 2016

Patagonia: preguntas, misterios y pocas respuestas

La Patagonia ha sido, y todavía es, un lugar donde mito y realidad se confunden. Ya sea por su inmensidad, la soledad, la distancia que la separa de casi todo el mundo, o por los relatos de los primeros exploradores y aventureros que se internaron en ella, la región patagónica evoca sensaciones misteriosas. Historias de campo, rumores de pueblos, noticias perdidas en viejos diarios que nadie recuerda, todo conjuga un brumoso paisaje de medias verdades o silencios inoportunos. El misterio, como ya hemos visto en este mismo blog, puede presentarse como una luz en el cielo, un esquivo submarino, o una tumba sin identificación; e incluso como desembarcos furtivos al amparo de la noche o naufragios cuyo origen nadie conoce. Ni mencionemos crímenes sin resolver o personas desaparecidas, porque para eso la Patagonia tiene mucho espacio para perder al curioso y al investigador. Pero por eso mismo, porque soy curioso, me voy a tomar un descanso de los desvaríos de varios artículos inconclusos y otras cuestiones que no vienen al caso y voy a husmear un poco más en el misterio. Me voy a abrigar bien y luego saldré afuera, a internarme en la bruma tenue que desdibuja los contornos de la realidad.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Los acorazados Mariano Moreno y Bernardino Rivadavia

Los acorazados que se construyeron para una guerra y pelearon otra a 17000 kilómetros de distancia.
La relación entre Chile y Argentina ha tenido sus vaivenes, casi todos relacionados con la cuestión limítrofe. Por suerte, o gracias a Dios, como más le guste al lector, esos diferendos se resolvieron en forma pacífica, con algunas bravuconadas e histeriqueos del tipo "quién la tiene más grande". En fin, la cosa es que a fines del siglo XIX, cuando Argentina y Chile firmaron los primeros acuerdos de límites, que luego se irían completando con los sucesivos laudos arbitrales y acuerdos posteriores, hubo un proceso de rearme por parte de las fuerzas militares de ambos países. En particular, en lo que se refiere a la Marina, la Argentina tenía una fuerte desventaja con respecto a Chile. Desde los sucesos del río Santa Cruz, cuando se envía una flotilla al mando del comodoro Luis Py a tomar posesión de la margen sur del río, que había sido visitado por fuerzas chilenas, el gobierno argentino entendió que era necesario desarrollar una Marina de guerra en serio, y que para eso no servía ese conjunto de maltrechas embarcaciones de río que estaban en funciones. Esto llevó a un proceso de rearme por el lado argentino, que compró hasta seis acorazados clase Garibaldi a Italia (dos de ellos son los protagonistas de esta nota), que fue imitado sin demoras por el lado chileno. Este proceso, combinado con las cuestiones no resueltas sobre los límites (que recién se solucionarían con el laudo arbitral de 1902) llevaron a los dos países a un clima de confrontación prebélico que tuvo su máximo en el año 1901 (para el lector interesado, le recomiendo el trabajo del Dr. Julio Horacio Rubé, titulado "La guerra que pareció inevitable", donde hallará numerosos detalles de aquellos días). Una vez superado, en forma pacífica, este trance, ambos países se abocaron a aplacar los ánimos y realizar gestos conciliatorios. Así fue como se llegó a los acuerdos y tratados sobre reducción de armamento naval. Para poner en contexto, para el año 1898 Argentina y Chile eran, respectivamente, la sexta y séptima potencia naval del mundo.

El crucero acorazado Bernardino Rivadavia, con la bandera del Imperio del Sol Naciente y su nuevo nombre: Kasuga. Fuente: Foro de Todoavante.es.

El crucero acorazado Mariano Moreno, bajo la denominación Nisshin. Fuente: Foro de Todoavante.es.