sábado, 24 de noviembre de 2012

Un viaje de Puerto Madryn a Nueva York en moto

Alguna vez me contaron la historia de un par de vecinos de Trelew que hicieron un viaje en la década de 1910 (1940, según me comentaron recientemente), a bordo de un Ford T, y que llegaron hasta Detroit (EE.UU.). El objetivo de ese raid era la fábrica de Ford en dicha ciudad. Creo, y perdonenme si le erro profundamente pero es lo único que se parece a un recuerdo, que lo escuché en una de las exposiciones de automóviles antiguos que se hacían en Dolavon, en el '96 o '97. Puede que no sea del todo así, pero algo me dice que no ando muy errado. Lo que sí es seguro es que años después, en 1925, el profesor suizo Aimé F. Tschiffely recorrió 21.500 km para ir desde la ciudad de Buenos Aires hasta Nueva York, montado en los famosos caballos Gato y Mancha (oriundos de Río Senguerr, Chubut, por cierto). Incluso encontré que en 1927 un grupo de cuatro jóvenes de Comodoro Rivadavia (Sánchez, Leitendorff, López, y Bassi) realizaron un raid automovilístico a Nueva York. Lo que no sabía era la historia de dos aventureros que se subieron a una motocicleta y salieron de Puerto Madryn con destino final Nueva York, el mismo año en que Tschiffely se embarcaba en su travesía ecuestre.

La historia, como viene siendo la regla desde que empecé con este blog, la encontré de casualidad, mientras buscaba otra cosa. Se trata de una breve nota en un ejemplar del diario El Informador (México), del día 9 de Agosto de 1925:

Diario El Informador (México), del 9 de Agosto de 1925. Llama la atención que utilizan "Port" en lugar de "Puerto".

De Port Madryn, Patagonia, a Nueva York en bicicleta
Acaban de salir de Buenos Aires, a donde llegaron últimamente de Port Madryn, Patagonia, los deportistas argentinos, señores Braun y Schick, quienes tratan de llegar a Nueva York en una motocicleta con "sidecar", de manufactura norteamericana. Los ciclistas salieron del citado puerto de Patagonia el 17 del próximo pasado mes de mayo. Seguirán via El Rosario, atravesando la frontera boliviana en La Quiaca hasta La Paz. De allí continuarán su viaje al Perú, Ecuador, Colombia, América Central, hasta llegar a la Ciudad de los Palacios, México, de donde partirán al lugar final de su destino, Nueva York.

viernes, 16 de noviembre de 2012

El meteorito de Kaperr Kaike

Cuando Musters relata las incidencias de su Viaje, allá por Alto Río Senguer, en 1869, menciona la existencia de una mina o veta de mineral de hierro. A unas leguas de ese lugar, le dijeron los indios, había, en medio de un llano desierto, una masa de hierro. La consideraban con un temor respetuoso y a juzgar por el relato, tenía la forma de una “bala enramada"
Alrededor del año 1950 consultados, por el Dr. Federico Escalada, al respecto, algunos indios viejos de Río Mayo, le dijeron que existió, en los llanos vecinos al paraje, hoy conocido por Pastos Blancos a mitad del camino entre Río Mayo y Alto Río Senguer, un trozo de hierro. Por las características asignadas debía ser un meteorito. Era objeto de respeto, veneración y ceremonial de parte de los tehuelches, únicos señores de esas tierras.
...
Según Escalada, los indios pensaban que ese “fierro” (el meteorito) era una mujer, la primera que salió de la gruta. No procedía de padres, era obra de Seecho.
Estaba dotada de poderes sobrenaturales y era señora y dueña de la tierra y de los animales y plantas que la poblaban.
Tenía un hijo, objeto de sus desvelos y su amor. Del padre no hablaban, aunque parece que existió.
Un día el zorro (personificación de la picardía y la maldad en los cuentos aborígenes), asustó a los demás animales, determinando un desbande general.
La mujer corrió desesperada por temor de perderlos. El hijo para seguirlos se convirtió en un hermoso potrillo blanco, y partió a todo correr. También la madre se convirtió en yegua blanca y salió desesperada, tratando de reunir su hacienda. Entonces el potrillo, su querido hijo, se ahogó en una laguna a la que se había acercado para beber. La dolorida madre volvió a la forma humana, para llorar y lamentar la pérdida irreparable. Recorría día y noche los páramos, sin comer y bebiendo en las lagunas saladas para morir, pero como la muerte no llegaba decidió emplear sus poderes mágicos. Tras un matorral de calafate, que protegía del viento, se transformó en un trozo de hierro. El trozo de hierro meteórico que los indios venerarían por generaciones y generaciones.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Visto y Leído: el lento declive de Las Plumas y El Mirasol

Hace varios días que tengo descuidado el blog. Entre el trabajo y la casa, con un inoportuno resfrío acompañado de fiebre de por medio, no he tenido tiempo para seguir escribiendo y mucho menos investigando. Sin embargo no quería dejar de compartir dos notas que leí hace un par de días en el diario La Nación. Se trata de las dos primeras entregas de una serie de notas sobre los pueblos que están desapareciendo lentamente en nuestro país. Me sorprendí, a mi pesar, con que los dos lugares que muestran la caída poblacional más importante (20%) están en Chubut. Se trata de las localidades de Las Plumas y El Mirasol, los únicos núcleos poblacionales en el departamentos Mártires. También aparecen Telsen y Gastre, en situaciones no tan comprometidas (8$ y 5%), pero también marcando una preocupante tendencia en la región centro-norte de nuestra provincia. Se barajan muchas explicaciones, que van desde la sequía y las cenizas, que afectaron seriamente a los campos, hasta la falta de oportunidades laborales en otro ámbito que no sea el del campo.

Las Plumas y El Mirasol, provincia de Chubut (Gentileza: La Nación)

viernes, 2 de noviembre de 2012

Un atardecer anaranjado

No recuerdo bien que edad tenía entonces. ¿Siete años? Quizás ocho… o nueve, no lo sé, pero fue durante mi niñez, cuando el mundo todavía era mágico y misterioso. Era una de esas cálidas tardes de domingo en Madryn, donde todo se hallaba en un estado (casi) de suspensión inanimada. No sé bien por que lo recuerdo como domingo, podría haber sido un sábado por la tarde, pero en mi memoria resuena la palabra domingo. El atardecer era de un color anaranjado casi irreal, con una gama de tonos ocres y amarillentos generada por las nubes en el horizonte. Yo estaba en la vereda, no se por que motivo, y mi madre rondaba cerca. Creo que esperábamos a mi padre. Enfrente de mi casa se alzaba la enorme barraca Lahusen, que permanecía cerrada y silenciosa, al igual que la distribuidora de Giménez (¿Era Giménez? Creo que sí…) y el edificio del Correo. El resto de la semana esos tres lugares tenían una actividad importante, que contrastaba fuertemente con su silencio dominical. En la vereda de mi casa el panorama era idéntico. Desde mi casa hasta la otra esquina, donde vivía la familia Kruse, todo estaba vacío y en silencio.