sábado, 25 de febrero de 2012

La trilogía Millennium

Hace unos días terminé de leer la tercera entrega de la saga Millennium, de Stieg Larsson. No pude leer la trilogía de un tirón, sino que leí los dos primeros libros en forma consecutiva, y luego hubo un compás de espera de casi un año, hasta que conseguí la tercera y última parte. El volumen de la obra asusta un poco de antemano, unas 2600 páginas entre los tres libros, pero en la práctica la lectura es tan apasionante que pareciera que fuesen muchas menos páginas. Se trata de una de esas historias donde cuesta abandonar la lectura, porque al final de cada capítulo te deja con la intriga de lo que sigue.

Si bien se trata de una trilogía, el primer libro se puede leer en forma aislada, lo cual es bueno para aquel que tiene curiosidad por la historia pero que no se anima a empezar por temor a que sea demasiado extensa. Los libros segundo y tercero deben leerse en forma consecutiva, porque la historia continúa; y en este caso la base del primer libro ayuda a comprender de mejor forma el comportamiento de los personajes principales. En el primer libro nos encontramos con la historia de Henrik Vanger, un empresario que vive obsesionado con resolver el caso de la desaparición de su sobrina Harriet Vanger, ocurrida 37 años antes. Para ello contrata a Mikael Blomkvist, un periodista de investigación que está pasando por una situación legal complicada, quien a su vez contará con la colaboración de Lisbeth Salander, una peculiar y antisocial investigadora. En el transcurso de esta búsqueda se irán revelando cosas ocultas e impensadas sobre la familia Vanger y sobre los mismo protagonistas. En los otros dos libros se desarrolla otra historia, con Mikael y Lisbeth como protagonistas, en la que se verán envueltos en una investigación sobre tráfico y prostitución de mujeres en Suecia. Esta vez la historia llevará a los protagonistas a meterse en las mismas entrañas del gobierno sueco.

Los tres libros de la saga Millennium, ordenados cronológicamente de izquierda a derecha.

viernes, 24 de febrero de 2012

Buscando mapas viejos de la Patagonia

Me gustan mucho los mapas, tanto los antiguos como las imagenes satelitales más modernas. Los antiguos tienen ese encanto de lo desconocido, de las fronteras dibujadas con imprecisión, los nombres cambiados, los espacios vacíos sin nombres. Los modernos, como por ejemplo Google Maps, nos muestran la realidad con una exactitud y un detalle que nos hacen sentir que estamos en el mismo lugar, aunque nos hallemos a miles de kilómetros de distancia. Pero en cualquiera de los casos, los mapas tienen esa magia que nos traslada, a veces en tiempo, a veces en espacio, o en ambos sentidos.

Mapa de la Patagonia e islas del Atlántico Sur de J.H. Colton (1855). Notese la ausencia del lago Argentino, que sería descubierto posteriormente, y como se suponía era la traza del Río Santa Cruz  [Gentileza grupo Yahoo Historia de la Patagonia].

jueves, 16 de febrero de 2012

And then one day you find ten years have got behind you

Así dice parte de la letra de Time (Pink Floyd):
And then one day you find ten years have got behind you
No one told you when to run, you missed the starting gun

Una traducción más o menos correcta sería, a mi entender:
Y un día te das cuenta que han pasado diez años
Nadie te dijo cuando correr, perdiste en la línea de largada

La idea es simple (y profunda) como la vida misma. Vivimos el día a día, y cuando nos queremos dar cuenta, los años pasan y se acumulan, y aquello que nos parecía que habíamos hecho ayer resulta que ocurrió hace muchos años.

¿A qué viene esta reflexión? En la vorágine cotidiana, una espiral creciente que en mi caso comienza en febrero y se termina en diciembre, se me pasó un aniversario importante. Pero bueno, son unos días, algo despreciable frente a los diez años que pasaron, como en la letra de Pink Floyd. Hace diez años dejaba Madryn atrás y llegaba a España, más precisamente a Alcalá de Henares, para meterme en el mundillo de la investigación y el doctorado. En estos diez años corrió mucha agua bajo el puente, tanta que de hecho no pude volver a mi ciudad (ya lo haré...) y terminé radicándome en Mar del Plata; y además encaré nuevos desafíos tanto en el aspecto profesional como en el familiar / personal. Sin embargo, y a pesar de que la suma de las cosas positivas supera ampliamente a la de las negativas, no pude evitar sentir un dejo de nostalgia cuando hoy recordé accidentalmente que habían pasado diez años. En fin, solo Dios sabrá que será de los diez años por venir.

Para despedirme, nada mejor que Pink Floyd y otra frase de Time:
The time is gone, the song is over, thought I'd something more to say

o sea:
El tiempo se acabó, la canción terminó, pensé que había algo más que decir.

sábado, 11 de febrero de 2012

Luc Helius, el joven cosmonauta

Me gusta la ciencia ficción desde muy pequeño, casi podría decir desde siempre. No recuerdo cual fue mi primer contacto con este género, pero debe haber sido a una edad muy temprana. A mediados de los ochenta llegarían a mi vida cotidiana Robotech, la primer trilogía de la Guerra de las Galaxias, y los libros sobre naves espaciales. Sin embargo, antes de estos hitos, recuerdo haber leído con gran entusiasmo algunas de las historietas que publicaba la entrañable revista Anteojito. Específicamente me refiero a las que dibujaba Enrique Alcatena, que tenían historias muy buenas y una calidad gráfica alucinante. En particular hubo una de estas historietas que seguí con un entusiasmo especial, y que recuerdo por sobre las demás. Había olvidado el nombre hasta que, a fuerza de buscar en sitios dedicados a la revista Anteojito, pude recordarlo claramente. Se llamaba "Luc Helius, el joven cosmonauta", y relataba la historia de un grupo de aventureros espaciales que debían salvar al Universo de una amenaza conocida como los abismos negros, una especie de agujeros negros que arrasaban con todo a su paso. Como una pequeña Comunidad del Anillo espacial, estos personajes emprendían un viaje por diferentes y exóticos mundos hasta llegar a la raíz de todo ese mal, unos seres llamados "Shaktas" que tenían cuerpos de dinosaurios. No recuerdo todos los detalles de la historia, pero si recuerdo que la seguí con auténtica fascinación.

Luc Helius, el joven cosmonauta (Gentileza de Found, then Lost).

jueves, 9 de febrero de 2012

Hablando de Malvinas... ¿qué pasaba en 1832?

Desde hace unas semanas el tema Malvinas ha pasado a ocupar la primera plana de muchos diarios en Argentina y Gran Bretaña. Basta dar un vistazo rápido a cualquiera de ellos y podrán verificar esto. Mi opinión sobre el tema de las islas Malvinas es conocida, ya la he expuesto en otros artículos (ver [1] y [2]), por lo que no voy detenerme mucho en este punto. Tampoco es mi intención hacer una larga revisión histórica sobre el tema ni detallar los numerosos argumentos a favor de la Argentina en este caso, hay muchos y muy buenos libros y websites donde se habla del tema. Menos que menos voy a dedicar espacio a algunos comentarios que he leído en diversos diarios. Parece ser que la posibilidad de comentar los artículos periodísticos (algunos muy flojitos) por parte de los lectores da rienda suelta a las barbaridades más grandes y los razonamientos más absurdos. En fin, eso queda para otro momento. Ahora quiero compartir un extracto bastante curioso de un periódico australiano del año 1832. Para ser más exactos, se trata del diario "The Sydney Herald", del lunes 18 de Junio de 1832. ¿Qué cómo llegué a este diario? Bueno, hace unos días estuve jugando un poco con la hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional de Australia, y me encontré con una gran cantidad de artículos en donde aparecía la palabra Malvinas. Tratándose de una ex-colonia británica, recién independizada en el siglo XX, me llamó la atención el uso del nombre español de las islas en lugar de su equivalente inglés Falklands. El artículo al que hago referencia en particular tiene una muy breve nota, que es la que extraje en la figura:

Extracto del Sydney Herald del 18 de Junio de 1832 [ver fuente aquí].

domingo, 5 de febrero de 2012

Buscando un naufragio en Punta Ameghino

Hace unos años tenía la idea de que solo existían tres naufragios en las inmediaciones de Puerto Madryn: la balandra Colomba, el Folias, y el inevitable Kaiser. Sin embargo, después de leer el libro de Pancho Sanabra, "Naufragios y algo más...", me enteré que el golfo, y la península entera, están llenos de naufragios. Algunos de ellos están en el fondo del mar, y solo son accesibles para los buzos, mientras que otros han terminado en la costa, por lo que son accesibles para gente como yo, que es incapaz de flotar en cualquier tipo de líquido (lo de sumergirme se me da bien, el problema es que lo hago como una piedra). Estimulado por la lectura de este libro, y por las historia que cuenta Sanabra, decidí visitar todos los lugares que estuviesen a mi alcance. Así fue como he ido recorriendo en los últimos meses aquellos lugares donde descansan los restos de algunos de estos barcos.

La verdad es que poco queda en la mayoría de los casos, pero creo que es importante rescatar la historia que los rodea y los lugares donde se encuentran. Por eso, en mi último viaje a Madryn fui al sitio donde naufragó un barco en la década del '30, en la zona de Punta Ameghino.

Punta Ameghino, vista en dirección al sur (Enero 2012).

sábado, 4 de febrero de 2012

Visto y leído: Baterías de litio hechas en Argentina

Acabo de leer una nota en la edición de hoy de La Nación que me ha sorprendido gratamente y que me gustaría invitar a que lean. La nota es de Ariel Torres (recomiendo su blog, Freeware) y se titula "Baterías de litio hechas en Argentina". El titulo es autodescriptivo, está en marcha la fabricación de baterías de litio en la Argentina. Para el que no lo sepa, las baterías de litio son las que se usan en todos los dispositivos electrónicos móviles (tablets, notebooks, celulares, etc.). También son de litio las baterías que emplean los autos híbridos y eléctricos, un mercado que está en ascenso en muchos países y que tarde o temprano llegará aquí también. Los número en torno a estas baterías son más que interesantes: el material que se extrae del salar se paga a unos 300 dólares la tonelada. De allí se obtiene el carbonato de litio al 99 por ciento, cuyo precio es de 6000 dólares la tonelada. Si  a partir de esto se logra obtener litio puro (metálico), su valor asciende a 6000 dólares el kilogramo. Por eso un producto terminado, como las baterías para automóviles, que usan unos 10 kilogramos de carbonato de litio, cuestan entre 10.000 y 20.000 dólares. Una vez planteada la utilidad y los números, es importante saber que Argentina tiene más o menos el 20% del litio del mundo (ver el Salar del Hombre Muerto). Los otros grandes productores son Bolivia, Chile, y China.

Detrás de esta importante noticia está un grupo de investigadores de las facultades de Matemática, Astronomía y Física y de Ciencia Químicas de la Universidad Nacional de Córdoba, y de la Universidad Nacional de La Plata y la Comisión Nacional de Energía Atómica. También se ha armado una empresa en torno a este negocio, denominada Sol.ar. Se pretende producir las baterías en las provincias de donde se extrae el litio (Jujuy, Salta y Catamarca), y según dice el físico Daniel Barraco, en octubre se podrían producir baterías homologadas para notebooks, y en unos cuatro años se podrían producir baterías para autos. El proyecto tiene fuerte impulso del Gobierno Nacional, a través del Ministerio de Industria, cuyo objetivo es producir baterías para el plan Conectar Igualdad.

Los invito a leer los detalles de la nota en La Nación. Por el momento quiero resaltar lo importante de esta noticia en lo que respecta al desarrollo tecnológico - industrial del país, y por la generación de puestos de trabajo e ingresos para el país. Hasta la próxima.